Villa Epecuén, el pueblo que estuvo sumergido por 25 años


En tan solo unos días, Villa Epecuén fue borrada del mapa debido a las rápidas inundaciones provocadas por el lago que lleva el mismo nombre. Como consecuencia, el pequeño poblado permaneció sumergido durante 25 largos años, antes de que el nivel del agua comenzara a retroceder poco a poco, revelando las reminiscencias de una villa fantasma a finales del año 2009.

Su historia es, cuanto menos, interesante a la vez que inquietante.

Epecuén se encuentra a unos 570 kilómetros al suroeste de la capital, aunque sigue estando incluida en la provincia de Buenos Aires. De acuerdo a la leyenda, el lago Epecuén (que significa “casi quemado” en el idioma Levuche) se había formado por las lágrimas de un jefe indio, cuya profunda tristeza por la pérdida de su verdadero amor acabó originando el lago salado. A principios del siglo XX, fue minado por sus valiosos minerales, utilizados tanto en la producción de vidrio como para fines medicinales

Los sulfatos fueron embolsados para su venta en la capital con el objetivo de que las personas pudieran experimentar los beneficios de un baño termal en sus propios hogares. Una evaluación formal de los componentes del agua en 1909 y el respaldo de los profesionales de la salud argentinos condujeron a la fundación del primer resort en sus costas en el año 1921. En sus años iniciales, muchísimos turistas judíos visitaron Buenos Aires, atraídos por la sorprendentes similitudes del lago con el Mar Muerto: en la década de 1930, fue la segunda masa de agua más salada del mundo.

A lo largo de los años 60 y 70, un número creciente de visitantes acudieron a bañarse en las aguas ricas en minerales del lago. Sus propiedades curativas se emplearon en el tratamiento de una variedad de dolencias, como el reumatismo, condiciones de la piel e incluso la diabetes. El turismo fue reforzado por el servicio de trenes Ferrocarril Sarmiento desde Buenos Aires, con la propia estación de Epecuén inaugurada en 1972. En su punto álgido, el resort fue visitado por hasta 20.000 turistas cada verano; hoteles, museos, una terminal de autobuses e incluso un hipódromo surgieron para dar servicio a este auge turístico.

Luego, a principios de noviembre de 1985, comenzó a llover en gran medida. Las temporadas de aguaceros se agravaron, entre otras cosas, por el pasivo manejo de la situación por el gobernador provincial en ese momento, Aires Alejandro Armendáriz. De este modo, los niveles del agua se elevaron peligrosamente. El 10 de noviembre de ese mismo año, se resquebrajó un dique de contención construido especialmente para proteger al pueblo; Las mareas resultaron imparables, aumentando el nivel del agua a un centímetro/hora. Dos semanas después, subió hasta los tres metros de profundidad.

Norma Berg, que creció en Epecuén y tenía 19 años en ese momento, ahora trabaja como guía turística, explicándole a los interesados lo que ocurrió y dando una vuelta por las ruinas de la ciudad, ahora protegida por el gobierno. “Nos despertamos con agua hasta nuestros tobillos. Empaquetamos todos lo que pudimos y nos fuimos. Se suponía que todo sería temporal”, explicó Norma. “La gente se había estado preparando durante meses para la temporada de verano. Muchos habían invertido tiempo y dinero en nuevos accesorios y trabajos de remodelación. Algunos podían llevarse todo con ellos, desde sus pertenencias personales hasta el fregadero de la cocina”, agregó

En 1993, el agua tenía 10 metros de profundidad. La ciudad permaneció completamente sumergida durante 25 años, antes de que las aguas salinas comenzaran a retroceder, revelando un pueblo próspero que se había reducido a una masa caótica de escombros desmoronados, un paisaje apocalíptico cubierto de una gruesa capa blanca de sal. Se puede acceder a las ruinas por una pista en forma de olla, flanqueada por árboles petrificados cuyas ramas sin vida están marcadas claramente por el suceso. El imponente matadero creado por Francisco Salamone se encuentra a la entrada; Es uno de los pocos edificios aún en pie. El museo “sigue” en lo que una vez fue la estación de trenes, y muestra objetos rescatados como tocadiscos, ponchos y chaquetas de lana de llama. Caminar por las arterias principales del pueblo es algo surrealista: avenidas una vez bulliciosas, ahora extrañamente silenciosas.

Aunque han pasado 32 años, muchos de los 1.500 habitantes de Epecuén nunca se recuperaron por completo del trauma de perder todo de la noche a la mañana. Aunque nadie murió como resultado de las inundaciones, el impacto psicológico tuvo un coste, especialmente entre los residentes mayores que lucharon por adaptarse a la realidad de sus circunstancias. Muchos se vieron obligados a buscar refugio en el pueblo cercano de Carhué, una acción difícil debido a las frías relaciones entre ambas comunidades. Se había formado una grieta a medida que el crecimiento de Villa Epecuén y su proximidad al lago había afectado económicamente a Carhué. Norma, que aún vive aquí, dijo: “Tuvo suerte de tener toda mi vida por delante cuando ocurrió la inundación. Mis hijos son carhuénses, de la generación más joven que no vivió la tragedia y no están empañados por lo sucedido. La vida continúa”

fuente y fotos: paraloscuriosos.com

 

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