El Indio Solari y postales de un universo al desnudo

Hubo que esperar cinco años para obtener nuevas respuestas -al menos en el plano discográfico- acerca de esa incógnita viviente llamada “Indio” Solari. Y es que las preguntas que merodean su vida y obra se acrecentaron luego de que el músico confesara que padece mal de Parkinson, y del fallido recital en Olavarría que culminó con la muerte de dos personas. Por eso, en estos tiempos compulsos, con postales repetidas de un pasado que llevó a los jóvenes a refugiarse en la música de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, nadie mejor que el propio Solari para acallar los mitos, rumores y verdades sobre sus días. En este marco, la llegada de “El ruiseñor, el amor y la muerte”, es una grata noticia. 

Para comenzar, éste nuevo disco se puede entender como un homenaje a quienes tuvieron un papel preponderante en la vida del entrerriano; son sus padres los que ilustran la portada, acompañados en el interior del box por figuras como Jack Kerouac, Kurt Vonnegut, Leonard Cohen y hasta Eva Duarte de Perón, entre otras. A sus casi 70 años el artista parece observar en retrospectiva su carrera destacando a aquellos seres que lo formaron hasta convertirse en uno de los íconos más importantes del rock nacional. Aquí el Indio aparece como el cultor de un fenómeno con una dinámica propia, en el que intenta aportar algunas piezas para que cada uno arme el rompecabezas a gusto y piacere, construyendo un universo creativo complejo y variado

Pero más allá de lo visual hay un entramado musical de quince canciones que serpentea entre sonidos acústicos y una búsqueda moderna, con pasajes de drama, comedia y acidez, ejecutados con versatilidad por esa superbanda llamada Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Pinturas de Guerra abre el set aniquilando toda especulación: Solari todavía es el Indio; hay un hombre dispuesto a combatir, lanzando aullidos en un rock poderoso, presto para liderar la contienda hasta las últimas consecuencias. “Con pinturas de guerra / volveré a dar batalla / y la adversidad dolerá /porque fui feliz”, versa sobre una metralla de batería, mientras las guitarras machacan un aroma a despedida que poco tiene de nostalgia. La tribu está a salvo y en movimiento.

Tal como lo anticipa la apertura, no se hallará en la placa un adiós lastimoso, sino un repaso glorioso de los días mejores, y un halo de esperanza que mira al futuro de refilón pero con bravura. Muestra de ello es un tema como El callejón de los milagros, donde se recrean los sonidos de un bar, con una parva de forajidos que aplaude y golpea todo a su paso mientras una guitarra acústica lleva el ritmo. Hay una melancolía agridulce, al estilo Gualicho, arrastrada por una melodía que contagia, similar a lo que ocurre con El tío Alberto en el día de la bicicleta, referencia picaresca a la vida de Albert Hoffman y sus aventuras con el ácido lisérgico. Aquí Solari alcanza la plenitud de su registro vocal otorgando uno de los puntos altos de El Ruiseñor.

Más allá de las letras que indagan en su vida, con presencia de figuras esotéricas como fantasmas o la muerte misma – no necesariamente presentadas como personajes siniestros-, también hay un acuse de recibo por las duras críticas que tuvieron al artista como blanco predilecto de los medios luego de su último show. Reflejo de ello son Strangerdanger, La moda no es vanguardia, -en la que dice “Los muertos sin alma me quieren juzgar a mí”-, y A bailar que no hay infierno, otra oda a su nomadismo musical y, tal vez, la canción más ricotera de todo el álbum. 

En La pequeña mamba, en cambio, Solari invita a una historia de amor en primerísima persona, de esas por las que todos pasaron alguna vez, con una musicalidad amena de guitarras abiertas y riffs sencillos que la dotan de una dinámica fresca, estructura que se repite en El martillo de las brujas, otra de las baladas. Es aquí donde, más allá de su inclusión en el arte visual, aflora ese costado propio de Tom Petty o de su grupo, Travelling Willburies, que integró junto a Bob Dylan, George Harrison, Jeff Lynne, y Roy Orbison, y que llevó al Indio a confesarse como “un militante de su carrera”. La ciudad de los encandilados Ostende Hotel, son un tándem beatnik; dos facetas que van desde la oscuridad citadina, poblada de héroes solitarios y ruidos siniestros, ofreciendo una pintura al estilo Sin City, hasta un hall luminoso junto al mar, con un hombre al piano rendido ante una belleza extraña.

Para culminar la aventura, Solari juega fuerte con otro rock apretado, de cuerdas distorsionadas y proclamas al estilo Porco Rex, que cierra como un funk sudoroso y la banda en pleno. El que la seca, la llena se titula, y no economiza en provocaciones: Moscones a tu alrededor/te miran y vos lo sabés/viven y no dejan vivir/los tontos no descansan jamás. Así, Indio se despide -por lo menos de esta placa- dejando en su camino un disco complejo y variopinto, con algunas de las características propias de su obra, como las sonoridades orientales y la poesía beat, sumándole una cuota de fascinación por Blackstar y You Want It darker –últimos discos de David Bowie y Leonard Cohen, respectivamente-, en los que ambos músicos se atrevieron a indagar más allá de esta planicie, coqueteando con tierras incógnitas. 

Cabe destacar que, en esta ocasión, el Indio prescindió de medios propios del jetset local, y ofreció las primicias a su colaborador y amigo personal Marcelo Figueras, quien se encargó de reproducir el álbum en su programa Big Bang de la radio independiente FM La Patriada, donde el cantante también participa como musicalizador y leyendo relatos. Puede que ésta apuesta por su entorno más cercano también sea una consecuencia colateral del destrato que sufrió post Olavarría; o quizás es un nuevo capítulo en su periplo críptico y alejado de las luces de escena. 

Deben sentirse satisfechos quienes aguardaban con religiosidad la llegada de este disco. Tal vez sea recomendable escucharlo con compulsión; interpretar, conocer y descubrir todas aquellas fragilidades que penden en forma de sonidos, arreglos y lamentos, y que forman la cristalería fina de El ruiseñor, el amor y la muerte. Es decir, dedicarse en pleno a él, explorando la paleta sonora y compositiva. Y ahora, nuevamente, emerge esa gran incógnita llamada futuro. Pero para eso hay tiempo. Y si no hay, también está bien. fuente: JOAQUÍN RODRÍGUEZ FREIRE/www.ambito.com

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