Ecología, “Bioconstrucción”: una técnica que crece en Argentina


Bioconstrucción, Cochinoca es un pueblo de la puna jujeña y un ejemplo de las construcciones ecológicas, allí la vida transcurre a 3500 metros sobre el nivel del mar, en un desierto de altura con una de las mayores amplitudes térmicas del mundo.

En verano, puede superar los 25° durante el día y descender varios grados bajo cero por la noche.

Allí fueron a pasar sus vacaciones Andrea Pellegrini y Santiago de la Torre. Llegaron a la hora de cenar, abrigados con campera y bufanda. La casa a la que iban a alojarse había permanecido vacía durante dos semanas. “Entramos y estaba templada, agradable”, cuenta Santiago. “La miré a Andrea y le dije: Ves, esto es el barro”.

Santiago –biólogo– y Andrea –doctora en ciencias químicas– viven en Córdoba. Desde hacía tiempo él insistía en que quería construir su casa con tierra. Andrea le respondía que estaba loco. Pero la “experiencia Cochinoca” marcó un antes y un después. Tanto fue así que en marzo pasado empezaron a hacer su casa siguiendo los principios de la bioconstrucción  en Anisacate, situada 40 kilómetros al sur de la capital cordobesa.

La bioconstrucción surge hoy como una respuesta concreta ante la crisis energética y la necesidad de mitigar el cambio climático. Se trata de hacer viviendas y edificios que por su diseño y materiales reduzcan al máximo la contaminación ambiental. Se construye con barro, paja, madera y materiales reutilizados. Se implementan diseños bioclimáticos, lo que disminuye el consumo de energía para calefaccionar o refrigerar. Se utiliza tecnología para recuperar agua de lluvia, también para reutilizarla, tratar los residuos y aprovechar la energía del sol. Y, además, es más económico.

Que Santiago y Andrea puedan hoy construir su casa de tierra responde a un avance de la bioconstrucción en el ámbito académico y profesional, tanto en Córdoba como en el resto del país. Ya hay estudios de arquitectura especializados y la disciplina se enseña en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), y en otras casas de estudios que incorporaron la bioconstrucción –algunas hace más de 10 años–- de manera extracurricular a las materias obligatorias de grado. En la Universidad de Buenos Aires (UBA), por ejemplo, existe un curso de posgrado en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo. Al mismo tiempo, el Colegio de Arquitectos de Córdoba trabaja junto con el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) en el desarrollo de un manual de bioconstrucción, normas de calidad y un salón demostrativo.

 

 

 

Socializar el conocimiento

“El gran desafío es hacer más accesible el conocimiento y la aplicación de la bioconstrucción en las ciudades”, dice el arquitecto Armando Gross, director del Taller de Bioconstrucción de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UNC. Allí la enseñan en el contexto de la Permacultura, una disciplina más amplia que promueve formas de vida y creación de hábitats humanos en armonía con el ambiente, de manera sostenible, que permita a las sucesivas generaciones permanecer en la Tierra sin degradarla. “Esta arquitectura tiene éxito en las zonas rurales. Pero en la ciudad hay obstáculos relacionados con el desconocimiento, por un lado, y los intereses de la industria convencional, por el otro”, señala.

Gross remarca que los impedimentos no son técnicos ni económicos. Explica que pueden hacerse estructuras sismo-resistentes (de hecho la mayor parte de la arquitectura con tierra en el país está en zona sísmica) y calcula que puede ahorrarse hasta un 20% en el costo total de la obra. Las técnicas más comunes son el adobe, la tierra compactada (tapias) y los entramados, que son quinchas o sistemas con madera rellenos de suelos y fibras naturales con revoque de tierra. Una de las técnicas sistematizadas que implementa Gross es el reemplazo de la quincha por fardos de cortadera, una especie vegetal que crece en todo el país y al cortarla, no muere, sino que se regenera.

En cuanto al costo ambiental, hace hincapié en lo insostenible del modo de construcción actual. En el Taller de Bioconstrucción de la UNC hacen el ejercicio de ir hacia atrás en la cadena de producción de los materiales: ladrillos, cemento, hormigón, pinturas sintéticas, plásticos. Además del costo energético y la contaminación que generan esos procesos, provienen de recursos no renovables.

En edificios céntricos de la ciudad de Córdoba, Gross junto con el arquitecto Marcelo Lange comenzaron a reemplazar los molones de telgopor de las losas por fardos de cortadera. “Es una decisión del profesional, no hay problema con la reglamentación”, explicó Lange, que integra la Cadepyme, una cámara que agrupa a pequeños y medianos desarrollistas urbanos. “Funciona muy bien. Es más económico, no junta bichos y cumple la misma función.”

 

En todo el país

Desde Jujuy hasta la Patagonia, se extienden experiencias de bioconstrucción vinculadas al desarrollo de la Permacultura, al hábitat social, a la educación, espacios públicos y también, al turismo. En la Quebrada de Humahuaca existen desde planes de viviendas estatales hasta cabañas boutique, como Los Colorados, en Purmamarca, diseñado por el arquitecto Carlos Antoraz. En Tucumán, el Centro Regional de Investigaciones de Arquitectura de Tierra Cruda de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional tiene su edificio propio construido con esta técnica, en el que intervinieron arquitectos e ingenieros civiles de esa casa de estudios.

En Mendoza, una capilla construida con tierra forma parte de circuito turístico del vino. Se trata de la Capilla de la Gratitud, de la bodega Salentein, en el Valle de Uco. Y hacia el sur, en Río Negro, Jorge Belanko, maestro de la técnica, capacita y dirige a grupos de personas que construyen sus casas y otros espacios, como un jardín de infantes en El Bolsón, levantado por los propios padres y maestros.

Inés Donato, arquitecta pionera de la bioconstrucción en Córdoba, demuestra que es posible construir y habitar casas sostenibles desde hace 10 años. Ella vive en el eco-barrio Villa Sol, en Salsipuedes. Allí, la Fundación Pro-Eco San Miguel, de la cual forma parte, diseñó un barrio que hoy ocupa 7,5 hectáreas en un ambiente serrano y tiene 30 casas hechas con bioarquitectura. Además de la reducción del impacto ambiental, Donato destaca los beneficios para la salud. “Una casa de tierra tiene el nivel justo de humedad porque el material absorbe el exceso de agua que hay en el ambiente y lo larga si está demasiado seco; mantiene la humedad al 50 por ciento, que es lo que el ser humano necesita”, explica.

Donato integra el Instituto de Arquitectura Sustentable (IAS) del Colegio de Arquitectos de Córdoba, que trabaja junto al INTI en el desarrollo de un manual de bioconstrucción. “Lo que falta es la validación total de los sistemas. Y sobre todo, una industria ligada a la construcción natural”, dice.

 

 

 

En busca del reconocimiento legal

Rodolfo Rotondaro, referente de la arquitectura de tierra, técnica a la cual se dedica desde hace 30 años, entiende que son necesarias políticas públicas de hábitat que incluyan a la bioconstrucción como una opción y el desarrollo de normas del Instituto Argentino de Normalización y Certificación (IRAM) para componentes, elementos y sistemas constructivos.

“A pesar de que la Argentina cuenta con más de ocho centros especializados en construcción con tierra y que los problemas tanto de sustentabilidad como de déficit habitacional son conocidos por todos, en las universidades todavía no se comprende en forma acabada la necesidad de incluir estas técnicas dentro de las carreras. Muy posiblemente, en más de un caso, por desinformación; en otros, por desinterés expresó”, el arquitecto.

Para Rotondaro, profesor en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (Fadu) e investigador del Conicet, existen tres factores más que impiden que la bioconstrucción sea masiva: la falta de normalización avanzada, los prejuicios que aún se mantienen y que no forma parte del mercado de la construcción.

Fuente: La Nación 

¡¡¡Escuchanos Online!!!

Dejá tu Comentario...